En la quietud de la madruga
mi corazón se estruja.
Como una esponja reutilizada
una y otra vez,
dejo que el agua escurra,
que no se estanque,
en mi interior.
Me envuelvo en el humo
de mi unica compañia.
Recuerdo esa congoja
que antaño solia
vencerme.
Hay algo en la limpieza
del alma que gratifica
pero, para aquellos
que nunca olvidan
es complicado
sentir el relieve
de las cicatrices.
Como un hueso
que aún sanado
duele los días
de humedad.
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